Música maestro
![]() |
| Talada de pinos en la Manguilla |
Nuestras ciudades son un claro ejemplo de ello. Sustituimos, campos, huertas, bosques y zonas verdes por kilómetros de ladrillo, cemento, hormigón y asfalto. Estos materiales absorben el calor durante el día y lo liberan lentamente por la noche, convirtiendo las ciudades en auténticos infiernos. Después, para soportar las altas temperaturas, recurrimos como locos al aire acondicionado, el cual consume grandes cantidades de energía y expulsa calor al exterior, alimentando un círculo vicioso del que parece difícil escapar (¿Habéis entrado últimamente a alguna tienda? ayer por la tarde fui a zara y tienen el aire tan alto, que están vendiendo jerséis de lana en rebajas!)
Además vivimos en una sociedad donde consumir se ha convertido casi en una obligación. Se nos anima constantemente a cambiar de teléfono, renovar el coche (cuantos Teslas has visto hoy), comprar ropa nueva o sustituir electrodomésticos que todavía funcionan. La economía necesita que produzcamos y consumamos cada vez más, aunque eso implique extraer más recursos, generar más residuos y emitir más gases de efecto invernadero.
La naturaleza lleva millones de años funcionando mediante ciclos donde prácticamente nada se desperdicia. Nosotros, en apenas dos siglos de industrialización, hemos construido una economía lineal basada en extraer, fabricar, consumir y tirar. Los resultados están a la vista: temperaturas récord, fenómenos meteorológicos extremos cada vez más frecuentes, pérdida acelerada de biodiversidad, escasez de agua en muchas regiones y una creciente incertidumbre sobre el futuro.
Las nuevas tecnologías tampoco escapan a esta contradicción. Internet parece inmaterial, pero no lo es. La inteligencia artificial, el almacenamiento en la nube, las criptomonedas, el vídeo en alta definición y los millones de dispositivos conectados funcionan gracias a gigantescos centros de datos que consumen cantidades ingentes de electricidad y agua para refrigerarse. La extracción de litio, cobalto, cobre y tierras raras para fabricar baterías y dispositivos electrónicos también tiene importantes impactos sociales y ambientales. La tecnología puede ayudarnos a reducir emisiones, mejorar la eficiencia energética y acelerar la transición ecológica, pero solo si dejamos de asumir que cualquier innovación tecnológica es automáticamente sostenible.
El calentamiento global no es un accidente. Es la consecuencia previsible de décadas de malas decisiones políticas, económicas y sociales que han priorizado el beneficio inmediato sobre la sostenibilidad a largo plazo. Cambiar esta realidad exigirá mucho más que reciclar o comprar productos etiquetados como "verdes". Requerirá replantear nuestro modelo de producción, nuestro modelo urbano y, sobre todo, nuestra forma de entender el éxito y el bienestar.
Quizá el mayor problema sea cultural por confundir el bienestar con el consumo, el crecimiento con el progreso y la comodidad con la felicidad. Nos venden la idea de que cambiar de coche cada pocos años, renovar constantemente nuestros dispositivos electrónicos o construir sin descanso es sinónimo de desarrollo. Sin embargo, un planeta finito no puede sostener un modelo económico que necesita crecer indefinidamente para mantenerse estable.
Quizá haya llegado el momento preguntarnos ¿Cuánto tiempo puede soportarnos un planeta que empieza a recordarnos, con cada ola de calor, cada incendio y cada sequía, que los límites de la naturaleza existen, aunque durante demasiado tiempo hayamos actuado como si no fuera así?
B.
