Hoy en día parece que no podemos dar un paso sin una aplicación obligatoria, para el médico, el colegio, el banco, el supermercado, el transporte público, ¡hasta para coger el autobús! todo pasa por una app. Lo que comenzó como comodidad ahora se ha convertido en un requisito que deja a los ciudadanos atados a un dispositivo que nunca parece suficiente.
Cada año, los móviles “se quedan pequeños”. No es
casualidad: los sistemas operativos y las aplicaciones crecen en peso, piden
más memoria y procesador, hasta que la única “solución” es comprar un nuevo
modelo. A esto se suma la insistencia en que guardemos todo en la nube, con
planes de pago que convierten nuestra información en un negocio más.
Se nos dice que es por seguridad, por modernización o por
comodidad, pero…
¿comodidad para quién? Lo que realmente ocurre es que las
empresas tecnológicas diseñan un ciclo de obsolescencia programada: cuanto
más dependemos de las apps, más rápido nuestro dispositivo queda inútil.
La digitalización forzada se vende como progreso, pero
también es un mecanismo de control. Si toda gestión pasa por un
smartphone, ¿Qué ocurre con quienes no pueden permitirse renovarlo cada dos
años? ¿Qué pasa con quienes no saben usarlo o simplemente no quieren? La
respuesta es clara: EXCLUSIÓN.
Y mientras tanto, cada clic, cada inicio de sesión, cada
actualización recopila datos que alimentan un sistema de vigilancia difusa:
bancos que saben en qué gastas, colegios que registran hasta los deberes de tus
hijos, administraciones que trazan tus movimientos…
El camino que seguimos parece abocar a un escenario
distópico: si todo debe pasar por un dispositivo, ¿qué falta para que nos digan
que lo más “eficiente” será insertarnos un chip? La ironía es que se nos vende
como libertad y comodidad lo que, en realidad, es una cadena cada vez más
invisible.
No se trata de rechazar la tecnología, sino de reclamar
el derecho a elegir. Que exista una app no debería anular la posibilidad de
usar alternativas: atención presencial, tarjetas físicas, gestiones por web
sencillas.
La inclusión digital no puede ser una excusa para excluir al
que no entra en el juego del consumo constante.
Al final, la pregunta no es si necesitamos otra aplicación,
sino ¿hasta dónde estamos dispuestos a ceder nuestra libertad a cambio de la
supuesta comodidad?
Tú que ansias libertad para todo, ¿hasta donde la vas a regalarla a cambio de tu comodidad?
Un besito hasta mañana.
B.
Texto e imagen: Beypunto

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