El otro día me sorprendí pensando en todas las casas en las que he vivido, y me entró una tristeza difícil de explicar.
Cada una de ellas fue, en su momento, un refugio, un lugar donde podía sentirme segura, donde el tiempo se detenía de alguna manera. Pero ya no existen como eran. Han cambiado de dueños, las han reformado, las han pintado de otros colores, han levantado paredes nuevas o derribado las que yo conocí.
No hablo solo de ladrillos, paredes y ventanas, sino de los espacios que fueron abrigo, memoria y raíz.
Cada casa que habité se convirtió en un mapa íntimo de mi vida: las puertas que crujían al abrirse, la luz que entraba por la ventana a cierta hora del día, el olor particular que nadie más reconocería.
Lo que más me cuesta aceptar es que ya no tengo un pasado al que volver físicamente. No puedo regresar a la habitación donde pasé tardes enteras jugando, llorando y riendo, ni al salón donde la luz entraba de una forma especial a media tarde. Ni a la terraza donde celebrábamos los eventos familiares, comuniones, bautizos... Ni a mi cuarto de rubielos con las paredes de papel floreado... ni a esa terraza de benicassim con su olor a café con leche y galletas, mezclado a salitre y pino... Todo eso ya no está, y aunque la memoria conserve algunos detalles, siento que algo se me escapa entre las manos.
Esas versiones de mi vida quedaron atrapadas en paredes que ya no existen, o que se transformaron hasta volverse irreconocibles.
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| los veranos aquí fueron entrañables |
Llevo fatal los cambios, lo admito. Me pesan. Me hacen sentir que me arrancan pedazos de vida que no voy a recuperar. Me gustaría poder abrir la puerta de alguna de esas casas y encontrarlas tal y como las recuerdo, intactas, esperándome. Pero sé que eso ya no es posible. La vida me empuja hacia adelante, pero yo me descubro siempre mirando hacia atrás, buscando en vano una puerta que ya no se abre, un hogar que ya no me espera.
Valencia, Rubielos, Benicàssim…
Tal vez todo esto sea una manera de decirme a mí misma que debo aprender a vivir con la ausencia, a aceptar que las casas ahora existen solo dentro de mí. Pero duele. Duele no tener un lugar físico donde reencontrarme con quien fui.
Quizás, con el tiempo, aprenda a mirar esas casas desde otro lugar: no como pérdidas, sino como capítulos que me acompañan. Porque, al fin y al cabo, aunque las paredes cambien, algo de mí se quedó allí, y algo de ellas sigue viviendo conmigo.
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| sonidos secretos |




te entiendo erfectamente cariño porque a mi me a pasado ❤️❤️❤️❤️❤️🤗🤗
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