miércoles, 27 de agosto de 2025

¿Apps para todo? El espejismo del control digital


Música Maestro


Hoy en día parece que no podemos dar un paso sin una aplicación obligatoria, para el médico, el colegio, el banco, el supermercado, el transporte público, ¡hasta para coger el autobús! todo pasa por una app. Lo que comenzó como comodidad ahora se ha convertido en un requisito que deja a los ciudadanos atados a un dispositivo que nunca parece suficiente.

Cada año, los móviles “se quedan pequeños”. No es casualidad: los sistemas operativos y las aplicaciones crecen en peso, piden más memoria y procesador, hasta que la única “solución” es comprar un nuevo modelo. A esto se suma la insistencia en que guardemos todo en la nube, con planes de pago que convierten nuestra información en un negocio más.

Se nos dice que es por seguridad, por modernización o por comodidad, pero…

¿comodidad para quién? Lo que realmente ocurre es que las empresas tecnológicas diseñan un ciclo de obsolescencia programada: cuanto más dependemos de las apps, más rápido nuestro dispositivo queda inútil.

La digitalización forzada se vende como progreso, pero también es un mecanismo de control. Si toda gestión pasa por un smartphone, ¿Qué ocurre con quienes no pueden permitirse renovarlo cada dos años? ¿Qué pasa con quienes no saben usarlo o simplemente no quieren? La respuesta es clara: EXCLUSIÓN.

Y mientras tanto, cada clic, cada inicio de sesión, cada actualización recopila datos que alimentan un sistema de vigilancia difusa: bancos que saben en qué gastas, colegios que registran hasta los deberes de tus hijos, administraciones que trazan tus movimientos…

El camino que seguimos parece abocar a un escenario distópico: si todo debe pasar por un dispositivo, ¿qué falta para que nos digan que lo más “eficiente” será insertarnos un chip? La ironía es que se nos vende como libertad y comodidad lo que, en realidad, es una cadena cada vez más invisible.

No se trata de rechazar la tecnología, sino de reclamar el derecho a elegir. Que exista una app no debería anular la posibilidad de usar alternativas: atención presencial, tarjetas físicas, gestiones por web sencillas.

La inclusión digital no puede ser una excusa para excluir al que no entra en el juego del consumo constante.

Al final, la pregunta no es si necesitamos otra aplicación, sino ¿hasta dónde estamos dispuestos a ceder nuestra libertad a cambio de la supuesta comodidad?

Tú que ansias libertad para todo, ¿hasta donde la vas a regalarla a cambio de tu comodidad?


Un besito hasta mañana.

B.

Texto e imagen: Beypunto

¿Hacia dónde vamos?

 Música maestro

yo


Cada mañana despierto con la misma pregunta: ¿hacia dónde vamos?

 No obtengo respuestas claras, solo un murmullo constante de tristes titulares, de cifras que sangran, de vidas que se apagan sin que nadie las escuche.

Parece que caminamos por un sendero roto, donde las raíces de lo humano se han secado. Hay más ruido, más máquinas, más velocidad... y menos humanidad. El mundo gira, pero lo hace como una brújula enloquecida: guerras lejanas que no sentimos hasta que tocan nuestra puerta, trabajos que desaparecen en silencio debido al ansiado progreso, precios que suben como fantasmas que nadie puede detener.

 


Lo esencial —la vida, la salud, la vivienda, la educación, el pan— ya no es un derecho, sino una carrera que muchos no pueden correr.

 Y yo me pregunto, como quien lanza una botella al mar:

 ¿Cuándo dejamos de ser sociedad, para convertirnos en competencia? 

¿Cuándo el sistema decidió que vivir sería un privilegio y no una condición humana?

 El futuro se dibuja con trazos oscuros, pero aún así, escribir, pensar, fotografía, sentir... es mi forma y la de muchos de resistir.

 

26 de agosto de 2025

Texto e imagen beypunto (yomimeconmigo)

Ya no vamos a la bodega de Carlina.

Música maestro!


 "el idioma de los carteles ya no es el nuestro..."

Ya no vamos a la bodega de Carlina.

Hace tiempo que se quedó sola, cerrada, como una boca que ya no cuenta historias.

Ya no suena la caja registradora ni huele a cerveza y conversación de barrio, como echo de menos las bodegas de barrio de antaño. 

El cine Tyris, como el abc marti y tantos otros, apagó su luz.

El bar de siempre ya no sirve almuerzos, sino "brunch" 

El mercado central ha perdido su encanto quedando reducido al turismo

El kiosko de Ángel tras pasar por varias manos es ahora una tienda de pasta fresca "take away".

La tienda de la Lotera ahora es de souvenirs con imanes sin sustancia.

Todo lo que fuimos se desdibuja.


Las calles cambian de piel, las fachadas se lavan la cara para la foto, el idioma de los carteles ya no es el nuestro, y los precios... los precios tampoco.

La ciudad se alquila por días, por horas, por likes, y la venden como mejor ciudad del mundo para vivir. 

Mientras tanto, nosotros —los de siempre— vamos desapareciendo.

Nos empujan hacia la periferia, hacia las afueras que no elegimos, no cabemos en el centro que ayudamos a levantar.

Ya no es un lugar para vivir, sino para pasear, consumir, para mirar, y fotografiar, pero no para pertenecer.

 Los que deciden, ¿nos ven? ¿O solo ven estadísticas, proyecciones, ganancias? ¿Quién defiende al vecino que ya no puede permitirse su barrio?

 Todo se vuelve espectáculo, todo es decorado, pero la solera y el espíritu de la ciudad se enfría.


 Y una se pregunta:

¿De qué sirve una ciudad sin infancia, sin abuelos en los bancos, sin tiendas donde te conocen por tu nombre, sin esquinas que te abracen con la memoria?  ya sea Valencia, Madrid, Sevilla... que más da.

Una ciudad sin su gente es un lugar bonito, sí… pero vacío.

Tan bonito y tan triste como una postal que nunca se envió.

Así me siento cuando veo mi ciudad, la que me vio crecer y que ahora no me reconoce ni yo a ella. 


La globalización, las malas políticas turísticas, la ambición... acaban con lo bonito de un lugar, su idiosincrasia.

Palabras de una rubia una tarde de agosto de 2025

Un Besito

B.